Recuerdo el concierto para violín y orquesta en Re de Brahms, como lo hace sonar el violín de Gideon Kremer y como se me apareció en la vida una noche, en una ciudad tropical e irreal.
También recuerdo una tarde, quizás de sábado o domingo pues la recuerdo quieta y calurosa, en que terminamos por azar en el pequeño departamento donde vivía entonces, en un edificio llamado Marta, y nos dejamos interrumpir (o irrumpir) por la intensidad de este violín. Y otra noche, o madrugada, en ese mismo edificio y con ese mismo concierto, cuando los vecinos vinieron a reclamar y al abrir la puerta les dije: "pero si es Mozart". Sin embargo, era Brahms.
Y hace poco, volviendo de un puerto de mar con Jason, nos revolcó esa ola que al final del tercer movimiento parece dejarte sin aire. Íbamos por una autopista chilena y era casi de noche.
Recuerdo el concierto porque se me apareció en la relectura del libro de la señorita Smilla ("Smilla's sense of snow" de Peter Hoeg), quien abrumada por la muerte de un niño en esa novela llena de hielo y nieve dice: "entonces pongo un disco. Entonces me siento y lloro. No estoy llorando por nada o por nadie en particular. La vida que vivo la creé para mi misma y no quisiera otra. Lloro porque en el universo hay algo tan hermoso como Kremer tocando el concierto para violín de Brahms".
Recuerdos... en esa encrucijada de la memoria Brahms, Mozart estarían feliz de leer este texto
Publicado por: mar y viene | 3 de octubre de 2007 en 14:06