“Yo no tengo imaginación. Lo manifiesto con absoluta seriedad. No sé inventar”, confesó Isaak Babel a su colega Konstantin Paustovski durante una célebre conversación en una casa de veraneo en las afueras de Odessa. “Cuando empiezo a escribir, siempre pienso que es superior a mis fuerzas, llego a llorar de fatiga”, agregó el escritor. No tuvo un final feliz pues sería arrestado y fusilado en su país, la Unión Soviética. (imagen de Wikipedia Commons)
Su destino no es un misterio, si tenemos en cuenta que se produjo en 1940 en un escenario en el cual pese a las predicas revolucionarias, ahora lo sabemos, el ser humano no valía nada y las ‘purgas’ estaban de moda. Lo intrigante es el impacto de la carrera de este escritor de cuentos y otras brevedades que refulge como una estrella fugaz de la literatura rusa, así como el destino de más de 20 carpetas de originales secuestrados por los servicios secretos tras la estupida y por lo tanto aún más trágica detención de Issak Emmanuilovich Babel.
El recuerdo del diálogo con Paustovski, en el cual Babel describe su trabajo de escritor como “trabajo forzado”, me hizo explorar algunos rincones de esta casa en busca de un pequeño volumen de editorial Norma, tal vez un volumen de colección, que contiene este texto como prólogo a siete estupendos relatos de Babel, incluyendo “El Rey”, sobre la boda de la hermana del jefe de los bandidos judíos de Odessa.
“Comprendí que un brujo más había llegado a las filas de nuestra literatura… en el cuento El Rey todo era nuevo para nosotros”, recuerda Paustovski. Pero la parte más intensa de estas memorias, por supuesto, es aquella en la cual Babel relata su técnica de trabajo, la eliminación de frases, de gerundios, de participios, de “la basura”. “La línea en la prosa se debe trazar fuerte y limpia”.
“Cada frase: un pensamiento, una descripción… Yo escribo, probablemente, con frases demasiado cortas. Esto debe ser, en parte, porque padezco asma crónica… Me falta la respiración”, dijo Babel, de acuerdo con esta memoria.
El redescubrimiento de este diálogo, lacerante en el recuerdo de que escribir con dedicación es como “un trabajo forzado”, me hizo dar un breve paseo por internet. Apareció un artículo de John Updike para The New Yorker, en el cual se recuerda que Babel fue fusilado la mañana del 27 de enero de 1940, después de un juicio de 20 minutos, por pertenecer a una organización trotskista antisoviética (Babel odiaba el uso de dos adjetivos juntos) y por espiar para Francia y Austria. Unos 12 años después, los cargos fueron retirados. Su última declaración en prisión, de acuerdo con este artículo, fue: “Soy inocente. Nunca he sido un espía. Nunca permití actividades contra la Unión Soviética… Sólo pido una cosa, déjenme terminar mi trabajo”.
Su legado fueron numerosos cuentos, textos varios, guiones. ¿Cuál habría sido su relevancia si no hubiera sido asesinado? ¿Cuál era el trabajo que tanto quería terminar? Ese es el misterio que encerrarían las carpetas que, según varios recuentos, fueron secuestradas al momento de su arresto, y que ahora se consideran irrecuperables.
El misterio puede ser un buen tema para una novela. En lo personal, Babel me llegó en forma indirecta. Había oído su nombre, como unos pocos, pero nunca había leído nada de él, como muchos (de los lectores, sin ir más allá). Hasta que un día de librerías en algún lugar de Italia compré una novela de un autor favorito, el brasileño Rubem Fonseca, con un título maravilloso: “Vastas emociones y pensamientos imperfectos”.
Es un thriller lírico, una obra estupenda que se lee de corrido. Un cineasta un poco abandonado de si mismo es contactado para filmar una película basada en “La caballería roja”, el maravilloso libro de cuentos de Babel sobre su experiencia con el ejército cosaco en la guerra ruso polaca. Una seguidilla de acontecimientos ponen al personaje brasileño en la pista de una novela inédita de Babel, que presuntamente provendría de esas carpetas. Y Babel nunca había escrito una novela.
La de Fonseca, está llena de Babel. De regreso a Santiago me di a la búsqueda de los cuentos rusos y descubrí sólo dos libros en español (aunque luego vendrían otros en inglés). Se trata de los “Siete relatos” de Norma, y de “La caballería roja”, que es una colección de cuentos tan deslumbrante como escalofriante, una obra cumbre escrita por un espectador que debe armarse de una frialdad ajena para retratar lo que esta viendo.
Esos cuentos, y los relatos de los barrios bajos de Odessa, habían bastado para hacer de Babel un escritor perdurable.
El otro día, mientras le leía “El Rey” en voz alta a mi hijo de diez años, me recorrió de nuevo el asombro de leer cómo está estructurada esta brevísima historia sobre “Benia Krik, bandido y rey de bandidos”, de cómo controla la ciudad, de cómo casa a su hermana a la fuerza, y de cómo él mismo casó a la hija de un ricachón que fue su víctima hasta que la vio, “y la victoria del rey se convirtió en derrota”. Pero luego se casó con ella, “porque era impetuoso y el ímpetu domina el mundo”.
Paustovski dice: “Babel era encorvado, casi sin cuello a causa del asma odessiana hereditaria, nariz de pato, frente rugosa y pequeños ojos de un brillo aceitoso y, a primera vista, no despertaba interés”. Y agrega: “claro, hasta el instante en que empezaba a hablar”.
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