¿Acaso los androides sueñan con ovejas eléctricas? La pregunta sin respuesta llega de repente, al abrir la nueva edición de un libro llamado ahora ‘Blade Runner’, al leer la misteriosa dedicatoria ‘para Maren Augusta Bergrud’, y al detectar la fecha de publicación: 1968. Han pasado 40 años ya desde que una perturbadora novela cuestionara el significado de estar vivo en general y de la condición humana en particular.
En 1968 pasó de todo. Pero aunque no hubiera sido así, muy pocos se habrían dado cuenta que Philip Kindred Dick había publicado una inusual novela de ciencia ficción, situada en un futuro turbio, en un planeta devastado en el cual florecía una relación de odio entre un asesino de androides y su oveja eléctrica. De hecho, transcurrieron muchos años antes que este libro fuera rescatado de la hoguera del olvido por una película de culto.
En la novela todo comienza en un futuro que para nosotros ya pasó hace algunos años. La mañana del 3 de enero de 1992 (en la versión original) el protagonista Rick Deckard tiene una vez más una discusión con su esposa Irán. “Aparta tu grosera mano de policía” reclama ella. El responde: “no soy un policía”. Entonces aumenta el volumen de la recriminación “eres peor… un asesino contratado por la policía”.
“En la vida he matado a un ser humano”, responde Deckard, el cazador de androides. Tras la pelea se coloca un protector genital de plomo y sube al tejado del edificio, donde pasta su oveja eléctrica, tan sofisticada que nadie se da cuenta de su artificialidad. Allí al descubierto “el aire de la mañana, lleno de partículas radiactivas que oscurecían el sol, ofendía su olfato. Aspiró involuntariamente la corrupción de la muerte”.
En esos términos transcurre la primera escena de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, la más conocida aunque no igualmente leída de Philip K. Dick, inspiración para la ultrafamosa película ‘Blade Runner’, considerada un clásico del séptimo arte.
Dick ahora está de moda. Fue autor de una obra inquietante, aunque durante muchos años sus novelas estuvieron al borde del olvido, y no resultaron grandes éxitos durante su vida, que estuvo cargada de excentricidades, de opiniones lapidarias, de textos tortuosos y, al final, también de locura. Pero en tiempos recientes su trabajo fue rescatado por una serie de películas que siguieron a ‘Blade Runner’, y luego por la crítica y el público. Quienes aman las comparaciones, han comenzado a citarlo junto con nombres como Kafka, Borges y Orwell.
“Todo lo que puedo decir, es que el mundo de Blade Runner es donde realmente vivo. Allí es donde pienso que estoy”, comentó Dick poco antes de morir en 1982, justo el año de estreno de la película ambientada en un futuro ‘negro’, o ‘noir’ como dicen los conocedores. El futuro que aparecía retratado en el film era muy parecido al presente. “Es un mundo donde vive gente. Y los automóviles usan combustible y son sucios y hay una especie de lluvia cayendo y es brumoso. Es terriblemente convincente”, opinó el escritor en un texto suyo disponible en internet.
En la novela, al igual que en la película, Deckard es un exterminador contratado por la policía para eliminar a los androides que regresan a la Tierra escapados de las colonias espaciales donde trabajan como esclavos. Pero esta vez se trata de lidiar con modelos Nexus-6, que imitan perfectamente a los humanos aunque tienen una limitante: viven cuatro años. Pero… ¿Viven o funcionan? El hecho es que son máquinas inteligentes, y quieren ser libres, y quieren vivir más.
Alrededor de este conflicto hay una serie de emociones y un despliegue escénico del futuro imaginado por Dick que contribuyen a forjar un momento social. La película aprovechó sólo una parte de esto. Como es habitual, hay grandes diferencias con el libro.
La novela contiene elementos que contribuyen a proyectar una atmósfera más ruinosa y pesimista. Transcurre en un planeta derruido desde donde ya han emigrado los más aptos y saludables. Para quienes aún permanecen en la Tierra, el mensaje es: “emigra o degenera”.
Todos los seres vivos han sido afectados por una guerra nuclear. Casi todos los animales se extinguieron. Los verdaderos son muy escasos, y por lo tanto muy codiciados por los humanos. Se trata de mascotas extraordinariamente caras, un símbolo de estatus. Frente a la angustia de vivir en un lugar así el deseo de poseer una también se transforma en una tortura sicológica. Las personas desean a un animal de verdad.
La alternativa son los animales eléctricos. Imitaciones que engañan a cualquiera, menos a sus dueños. Deckard odia a su oveja eléctrica, porque sabe que es de mentira, y vive obsesionado por comprarse un animal de verdad. Y ese es el principal motivo por el cual mata androides, para conseguir el dinero que necesita.
“Ella no sabe que yo existo”, pensaba Deckard de su oveja. Para disimular ante los vecinos "la debía cuidar y atender como si estuviera viva”.
En el mundo retratado aquí abunda el ‘kippel’ que son los desechos de la civilización, las personas dependen de un ‘órgano de ánimos’ que les hace estar alegres o dormidos o incluso inconscientes y resulta esencial para soportar una vida de mierda, y hay una religión llamada ‘mercerismo’ que en realidad es una red a la cual es posible conectarse mediante una consola ara compartir el sufrimiento de un tal Wilbur Mercer. Esta práctica religiosa es clave, pues está basada en la empatía entre los humanos conectados, algo que ningún androide puede lograr.
Dick ha dicho que su objetivo era presentar a un cazador de androides que se deshumaniza, mientras los androides aparecen cada vez más humanos. Si Deckard sueña con tener un animal de verdad, ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?
El asunto de la condición humana es relevante. Los cazadores de androides forman parte de una realidad tan tenue, a causa de su relación con máquinas perfectas, que comienzan a dudar de su propia naturaleza. El ser humano comienza a desenfocarse. En un momento muy filosófico, Deckard se deja tentar sexualmente por la androide conocida como Rachael: “Rick la desnudó, dejando expuestas sus nalgas claras y frescas”.
Y Rachael: “no te vas a acostar con una mujer, no te decepciones ¿quieres? ¿alguna vez hiciste el amor con una androide?”
Después Deckard le confiesa que si fuera una mujer de verdad, dejaría a su esposa para irse con ella. Pero todo ha sido una trampa de Rachael, quien le cuenta que antes fue a la cama con otros cazadores, y ninguno pudo seguir dedicándose al oficio de exterminador, pues dudan, pues la sienten humana. “Esa tristeza, eso es lo que busco”, le asegura.
Pero su trampa de seducción y provocación no funciona, pues el exterminador completa la misión. “Los androides son estúpidos”, opina.
Eventualmente Deckard se compra una cabra de verdad para reemplazar la oveja eléctrica, pero Rachael la mata. Cuando se entera que su sueño se ha destrozado, que ya no podrá críar cabritos, Deckard hace lo posible para huir de si mismo.
Quien busque una novela de acción o de viajes interestelares en esta obra de ciencia ficción pierde su tiempo. Como muchas otras novelas de Dick, está se trata de viajes hacia el espacio interior de los personajes. Este era un escritor que hace 40 años y más ya coqueteaba con la certeza de que nuestra realidad es manipulada de alguna manera, pero no nos damos cuenta.
En “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” la duda sobre lo que es real llega hasta la frontera más incógnita, la que está adentro de uno mismo.
Para ver un artículo sobre la película Blade Runner visite: http://www.ciberama.com/archives/2008/01/recuerdo-a-rick-deckard.html
En el blog Ciberama.com hay una versión antigua de este artículo.
Hay algunas versiones del libro en internet. Use como palabra clave "Maren Augusta Bergrud", a quien está dedicado este libro. No pude conseguir ada sobre ella, salvo que habría sido una amiga de Dick, muerta a causa del uso de drogas según dice un sitio web.
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