Durante los últimos días estoy habitado por dos muchachos de 13 años. Uno es mío, pero no me pertenece. El otro, ido hace tiempo, reapareció en un diario de vida iniciado en septiembre de 1974 que en una de sus primeras páginas dice: "entro en la adolescencia". Mientras lo leo en voz alta, el mar peruano ruge.
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El tiempo lo podemos medir, pero no sabemos detenerlo y ni siquiera logramos definirlo de manera satisfactoria, su naturaleza es escurridiza. Pensaba en esto mientras el año 2010 terminaba para siempre, rumbo al mecánico que había restaurado el automóvil negro como la noche. Quizás porque este automóvil en realidad es una máquina del tiempo.
Apareció de repente en un aviso clasificado, cargado de una relatividad inquietante: todo había cambiado, las personas, el espacio también, pero la máquina parecía la misma, indiferente a las ondas o a los rayos o a las espirales de los años, de las horas y sus secuaces.
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