Recuerdo que era una noche cualquiera: abrí los ojos y me levanté para apagar la luz en el cuarto de mi hijo. Nunca supe qué me despertó justo en ese momento, unos segundos antes. En medio de una gran calma nocturna fui caminando por el pasillo, lo miré dormido. En el momento en que bajaba su persiana comenzaron a moverse los vidrios y en un instante estábamos al medio de un infierno. Ya pasó un año del terremoto de Chile, eran las 3 y 34 de la mañana.
Lo arranqué de la cama y nos acuclillamos debajo de un dintel agarrados por los hombros. No había nada que hacer en un piso 11 en pleno centro de Santiago. Apenas comenzó estaba claro que era un fenómeno fuera de serie, la Tierra crujía. Fue tan fuerte, tan intensa la mezcla de ruido con movimiento. Era fácil entregarse a la fatalidad. La sensación era que todo se iba a romper y el edificio se movía, no había seguridad de nada.
El terremoto fue eterno, y vino aderezado con los ruidos de vidrios rotos, de cosas cayendo al piso, de alarmas, de gritos desesperados. Tal como estábamos abrazados yo podía mirar hacia afuera y veía como explotaban los generadores eléctricos, cómo se iba apagando la ciudad, y se iba cubriendo de una niebla de polvo. No terminaba nunca. Parecía una película apocalíptica.
No sé si Wikipedia dice la verdad o no, pero registra una duración de dos minutos 45 segundos para el terremoto. Una intensidad IX en la escala de Mercalli al sur donde estuvo el epicentro, y VIII en Santiago, donde estábamos nosotros. La energía liberada, dice, fue equivalente a 100.000 bombas atómicas. Qué pequeños somos.
Había Festival de Viña del Mar, que esa noche estuvo llena de arjonismos, y por algún motivo mi hijo lo veía completo, chateando con sus amigos y presumo que haciendo comentarios ácidos. Pero a las 3 y 34 ya imperaba el silencio, súbitamente interrumpido.
Tres minutos después, cuando la realidad había sido completamente alterada, agarramos unas velas que sabíamos donde buscar, y sin más demora bajamos los 11 pisos. Nos sentamos al frente, en un banco del Parque Forestal. La gente pasaba desorientada, desconcertada, era una experiencia difícil de asimilar. Sentados allí veíamos nuestra calle inundada por una nube de polvo, detrás de la cual se distinguía la luz de una gran luna.
Alguien llegó con una radio y todos nos agrupamos alrededor. Luego la gente se fue retirando. Hacia frío y tuvimos que subir y bajar de nuevo a pié para equiparnos mejor. Luego llegó la mañana y comenzaron las noticias de la magnitud de la tragedia, de la destrucción, de puentes caídos y edificios quebrados, aunque aún no se hablaba de los tsunamis que arrasaron tantas localidades costeras. Con la luz del día otra sorpresa: pese a la intensidad del terremoto, todos los edificios parecían estar allí de pié. La verdad, que al bajar temía que faltara alguno. El museo de Arte Contemporáneo, frente a casa, tenía la fachada abajo, y se veía bastante triste, y aquí y allá habían caído pedazos de pared.
Las comunicaciones estaban casi cortadas. Había urgencia por avisar y por saber de otros, y en algunos casos pasaron horas antes de tener noticias. Logré llamar a Caracas y advertir "estamos bien, ya verán las noticias".
"Volvió la electricidad a casa, Santiago está sumido en una bruma rara, todo es confusión tras el terremoto", escribí ese 27 de febrero en Twitter. Sobre nuestra noche comenté: "Salimos al parque Forestal al frente, a esperar el día. Había una luna llena enorme y... en medio de la oscuridad las estrellas: raro, raro". Y más tarde: "Ya es mediodía, la bruma que nos dejó el terremoto no se disipa...".
Ese fue el día en que se informó de la destrucción en Chile. Tardé una semana en poder volver a Lima, salí por un aeropuerto que parecía de un país en guerra. Un par de días después regresé a Santiago, por trabajo. Era la transmisión de mando que, como se recordará, vino aderezada por fuertes réplicas.
Pasé por otros terremotos antes, el de Caracas en 1967, del cual mi memoria registra sólo algunos fogonazos, como el de un plato de sopa que se movía como un mar, y el de Perú en 2008, que me agarró en un hotel de Lima y que fue también interminable. Pero desde luego este de Chile no tiene comparación.
Guardo el recuerdo íntimo de esos minutos en los que estuve frente a frente con mi hijo debajo del dintel, cuando el tiempo se estiraba y se estiraba y se estiraba, y en medio de pensamientos volátiles había que luchar por tener calma y confianza.
Desde luego estas memorias quedan para uno y para quienes las lean. Más allá de todo esto, este fin de semana es tiempo de balances sobre la tragedia, de recordar más de 500 muertos, y miles de personas que perdieron sus casas, poblaciones destruidas, economías devastadas.
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