> Cada vez que vuelvo a esta ciudad las cosas parecen más pequeñas: la escuela primaria, la casa donde vivíamos, la plaza, la duración del día. El tiempo pasa, nuestro espacio sufre. No logro mirar a Buenos Aires del nido de un gorrión, en vez de eso la camino y la vivo durante 4 días y redescubro un mundo habitado por amigos, recuerdos, una luz especial y el influjo de la serendipia. Recopilo episodios.
> Hay dos personajes etéreos que pueblan las murallas de Buenos Aires este febrero de 2011. Uno es el fallecido Néstor Kirchner. En muchas paredes se lee: “Gracias Néstor” y otras cosas. El otro es más misterioso, es el Eternauta del comic de Oesterheld, que al parecer está siendo usado en campañas y de repente aparece con su facha de astronauta de una manera insólita. Bajo un portal, al calor de la tarde, se multiplica como si fuera capaz de irse hasta el infinito.
> El Parque Lezama combate la decadencia con amabilidad y una brisa que mueve las copas de los árboles. Es un lugar favorito de Buenos Aires, porque atesora recuerdos, incontables partiditas de fútbol, e incluso declaraciones solemnes. Nuestro amigo R., quien compartió una vida que ahora parece remota me dice “te muestro un lugar”: vamos hasta el fondo del parque, caminando a través de territorio reconocido. Se asoma a un barranco y me muestra un árbol tortuoso: “en 1976 me llevaste a ese árbol te sentaste frente a mí y me contaste que se iban a Venezuela”. Fue un momento de inflexión, supongo, uno de esos portales que se abren en la vida.
> En el restaurante Le Petanque me comunican que el rayo verde existe. Es un lugar ligero, amplio, bonito, donde se puede pasar un buen rato. Tiene denominación de brasserie francesa. Tomamos un malbec tranquilo, no hay para qué perderse por otros caminos. La comida es buena y reída. La conversación versaba sobre lealtad y esperanza, y proyectos de libros y películas, y supongo que por ese camino llegamos al rayo verde que según leyendas puede verse cuando el sol desaparece en el horizonte. “Lo vi”, me asegura M. Yo, que siempre lo busco pero nunca quiero encontrarlo, siento un poco de desilusión. ¿Cuánto dura?, le pregunto. “Nada, la nada misma”. Es lógico pues aunque exista, es una ilusión.
> El mural de Piazzola lo encontré por Nuñez, donde había llegado para cocinar pescado. Fuimos a comprarlo un rato antes al barrio chino en Belgrano. Había mucho donde elegir, pero no todo era de buena calidad. Tenían bogas y dorados enormes, pescados de río. Al final nos fuimos por abadejo y lenguado, ambos marinos. El barrio chino es menos grande de lo que esperaba, pero estaba lleno de baratijas. Por suerte hacía calor y no provocaba comprar. El lenguado termino en filetillos con aceite y sal y en un cebiche con palta. El abadejo en un risoto coronado con filetes.
> Cuando llego al hotel P. me espera. Vamos bajando en busca de una mesita de café, tenemos tanto que conversar. Hermanos con historias fuertes de estos últimos meses que necesitaban estar tranquilos. Apenas salimos encontramos una juguetería. ¿No tiene un automóvil Karmann-Ghía en miniatura? Y me devuelve un modelo para armar. Cuando éramos niños nuestros padres tenían un automóvil así, y ahora conseguí otro de 1961 que me lleva y me trae en Lima, y finalmente sumé este pequeño modelo. En un café de Buenos Aires de esos por donde pasa el tiempo hablamos sobre heridas y cicatrices, recordamos la casa donde vivimos hace años en Cochabamba 478 y nos reímos del futuro. Cuando nos da hambre pido ir a una parrilla, a la de siempre, La Dorita en Palermo, donde sirven el vino en jarras-pingüino y donde el chorizo es tan bueno que parece amor mal disimulado.
> Compro un libro sobre bodegones de Buenos Aires. Algunos los conozco. Hay un bar Coruña de San Telmo donde suelo refugiarme cuando está vacío. O el Spiagge di Napoli en Boedo, donde llegan futbolistas aficionados y mamás festejadas por grandes antipastos y platos de pasta aún mayores. Terminamos incursionando en Don Chicho en Belgrano, donde dos señoras amasan los fusilli que luego serán servidos con tomate. Los bodegones son sitios inquietantes, populares, de familias y barrios, por donde el tiempo pasa como una caricia. Siempre que no sea El Preferido de Palermo, un viejo almacen de color rosado que suele estar lleno a tope. Es un sitio interesante, bullicioso, y guarda un secreto poético. Allí fue fundada la ciudad de Buenos Aires. O, al menos, en el Poema Fundación Mítica de Buenos Aires, Borges dice que allí ocurrió, frente a su casa:
”Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.
Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro…”
> Serendipia es una palabra que sale del diccionario con una potencia inusitada cuando tratamos de entender el mundo a nuestro alrededor. Viene de Serendip, el nombre que alguna vez tuvo la actual Sri Lanka, y apareció hace tiempo ya en una novela de Horace Walpole. Esto, desde luego, lo explica la Wikipedia. Dice: “Una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado. Se puede denominar así también a la casualidad, coincidencia o accidente”. ¿Serendipia en nuestras vidas? ¿en nuestro día a día?. Fuimos por un aperitivo en casa de S. y las especulaciones nos duraron hasta una pizzería de Palermo: ¿por qué ocurren las cosas? ¿hay un plan maestro incluso cuando parecen inesperadas? ¿existe la casualidad? Me quedo pensando largo rato esa noche. El caos como generador de orden. ¿Qué hago, inesperadamente, en Buenos Aires? En este viaje también pienso mucho en otra palabra de moda, 'resilencia', de la que se dice: "se refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional y traumas. Cuando un sujeto o grupo (animal o humano) es capaz de hacerlo, se dice que tiene una resiliencia adecuada, y puede sobreponerse a contratiempos o incluso resultar fortalecido por los mismos".
> Después de caminar calles interminables y de muchas risas y de conversaciones inusualmente ricas, llega el cuarto día. Decido pagar un homenaje al Bar Británico, frente al Parque Lezama, donde solía sentarme con un block y una lapicera cuando era adolescente. Otros, según cuentan, también lo hicieron, pero con mejores resultados. Estoy al lado de la ventana, frente al cruce de Brasil y Defensa. Aquí si ha pasado algo más que el tiempo, pienso mientras veo una quemada de cigarrillo en un mantel, el traje un tanto raido del mozo. Saco un pequeño block negro del bolso y un lapicero verde, dispuesto a hacer como si nada hubiera pasado, a derrotar los años, a sentir el poder de esos sueños. ¿Qué me quedó de esta visita a Buenos Aires? Y anoto: 4 días. Y entonces hago una lista de episodios.
Luis Córdova / febrero de 2011
Estamos leyendote y tomaremos nota, pienso ir a cada recodo de este diario de viaje
m. (en verde()
Publicado por: mariveni | 15/10/2011 en 07:12 p.m.
Buen texto, Luis. Me encantó leerlo
gran abrazo
Publicado por: andres schäfer | 04/03/2011 en 02:00 p.m.
Este 2010 tuve sobre dosis de Baires, y del Lezama en particular. Me pasa lo mismo del achicamiento de nuestros espacios vitales de la niñéz, era de esperarse. En el Lezama Gina, Galizia y Pia tuvieron que acompañarme contra su voluntad al sitio del asesinato del indigente, allá por 1977 +/-, recuerdo la sangre en el piso y las huellas de como arrastraron el cuerpo, también vimos la iglesia ortodoxa, la recordaba con más colores, y el arbol donde se atascó mi planeador, y el bar británico donde mi viejo y yo esperamos mientras otros mas aptos lo bajaban del arbol... de ese sitio recuerdo milanesas y a mi Papá. También me reencontré con el Eternauta el 2010, los 2 tomos. En fin, gracias por la nota, me trajo lindos recuerdos y ganas de reencuentros familiares, pero no en Caracas.
Publicado por: Martin Cordova | 01/03/2011 en 06:15 p.m.